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Cambio climático y coronavirus: desafíos actuales y futuros

Por Nerio Pace

La gran mayoría de la población mundial está siendo afectada por las restricciones a la movilidad y a las actividades sociales y económicas que los gobiernos fueron imponiendo en su intento de contener la pandemia. El Banco Mundial pronostica una profunda crisis económica y el FMI augura la peor la recesión que el mundo enfrenta desde la Gran Depresión de 1929.

Este sombrío panorama está sin embargo teniendo un impacto directo y positivo en nuestro ambiente: las emisiones de dióxido de carbono (CO2), gas de efecto invernadero que contribuye al calentamiento climático, están disminuyendo significativamente a nivel global. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), las emisiones caerán un 8% este año; una reducción seis veces mayor a la que produjo la crisis financiera del 2008. No obstante, advierten que esto no es permanente y que, históricamente, los períodos de post-crisis trajeron recuperaciones económicas con rebotes en términos de emisiones que fueron mayores a sus disminuciones. Por eso, es un error suponer que la crisis actual esté deteniendo el calentamiento global. De hecho, algunos expertos advierten sobre el riesgo de que la lucha contra el cambio climático desempeñe un papel subordinado en la agenda global una vez que se vuelva a la normalidad. Mencionan que los actuales esfuerzos ante la pandemia, sumados a la necesidad de revivir la economía post-crisis sanitaria, podrían sacarle recursos a los proyectos climáticos de almacenamiento solar, eólico o eléctrico, limitando así el financiamiento requerido por el sector privado. Asimismo, los precios mundiales del petróleo cayeron a sus mínimos históricos producto de la crisis y la guerra de precios entre Rusia y Arabia Saudita, haciendo que los combustibles fósiles se vuelvan más competitivos frente a las energías renovables.

Si bien estos son escenarios válidos, hay también oportunidades que la crisis podría traerle a la lucha climática. Un efecto particular de esta pandemia es el rol central que la ciencia está teniendo actualmente, permitiendo que científicos cuenten con la permanente atención de políticos, periodistas y público en general. Estamos viendo como líderes mundiales toman medidas de altísimo impacto y sensibilidad social y económica en base a lo aconsejado por sus asesores científicos. La crisis logró acercar la política a la ciencia. Sin embargo, este nuevo estatus de la comunidad científica podría mantenerse en la normalidad o bien ser coyuntural. Si su influencia perdura, la lucha contra el cambio climático podría beneficiarse.

Las campanas científicas de alerta temprana sobre el cambio climático vienen sonando cada vez más fuerte desde hace décadas y, sin embargo, es poco lo que hemos hecho al respecto: ¿Por qué escuchamos tan atentamente la voz de los expertos ante una emergencia sanitaria pero somos tan cautelosos en seguir sus recomendaciones ante una emergencia climática? Es que la pandemia nos afecta directamente a todos y ahora, mientras que una crisis climática nos afectará también a todos pero en las próximas décadas.

El coronavirus nos produce miedo porque es potencialmente mortal y está a la vuelta de la esquina. El cambio climático también es mortal: la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima a partir del 2030 provocará 250.000 muertes anuales adicionales. La diferencia por la cual no le tememos es que el 2030 es dentro de diez años. Cuando no existe la percepción de un peligro inminente, tendemos a escuchar menos lo que dice la ciencia, o directamente negamos sus pronósticos (sobre todo si afecta nuestras economías). La incógnita es saber si el impacto y alcance global de esta crisis movilizará a la ciudadanía a exigirles a sus líderes que continúen escuchando a los expertos y que actúen ahora para evitar o paliar las crisis que, se sabe, vendrán con el calentamiento global.

Este año se suponía que sería determinante para el clima. Durante la COP26 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) que se iba a llevar a cabo en noviembre y fue pospuesta, los gobiernos debían revisar sus planes nacionales de lucha contra el cambio climático y presentar sus estrategias a largo plazo. Estos instrumentos son clave para aumentar los compromisos de acción climática de los países que permitirían impedir que el calentamiento global supere los 1.5 grados centígrados, en línea con las recomendaciones de la comunidad científica. En este sentido, se debate actualmente en Europa si la crisis sanitaria global, sumada a la profunda la crisis económica, son motivos suficientes por los cuales deberían suspenderse los compromisos climáticos del Acuerdo de París o si, por el contrario, es más relevante que nunca mantenerlos y vincularlos a los programas de reconstrucción económica.

En su mensaje en redes sociales por el Día de la Tierra, la Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, Patricia Espinosa, pidió a los gobiernos que utilicen la recuperación del coronavirus como una oportunidad para dar forma a la economía del siglo XXI como “limpia, verde, saludable, segura y más resistente”. Por otra parte, a fines de abril la comunidad climática mantuvo el XI Diálogo de Petersberg, en el cual treinta ministros de todo el mundo coincidieron que la pandemia no podía ser una excusa para retrasar la acción climática. Asimismo, resaltaron la importancia de la respuesta multilateral y la cooperación internacional para que todos los países puedan cumplir con sus objetivos climáticos y recalcaron la necesidad de que la recuperación económica mantenga los compromisos con la Agenda 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París. La diplomacia climática que empujó las recomendaciones de Petersberg fue liderada por Alemania, que el 1 de julio asumirá la Presidencia del Consejo Europeo y que, se espera, continúe construyendo consensos para lograr una “recuperación verde” de la economía.

El problema con el Acuerdo de París es que se basa en compromisos voluntarios de los países en realizar “contribuciones determinadas a nivel nacional” para bajar sus emisiones. Pero su incumplimiento no implica sanciones, así como tampoco retirarse del Acuerdo. Estados Unidos hizo esto último en 2017, dentro del marco del American First. En la visión de Trump, el cumplimiento de los compromisos climáticos estaba poniendo a la economía norteamericana en desventaja competitiva respecto a sus socios comerciales, teniendo que reducir sus propias emisiones de gases de efecto invernadero mientras que otros países no hacían lo propio. El retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París fue la solución que Trump implementó ante el problema de los free riders, aquellos países que se benefician de las reducciones de emisiones de otros sin contribuir con su propio esfuerzo.

Para que el Acuerdo de París pueda funcionar, todas las grandes potencias deben cooperar y limitar el espacio de los free riders en el sistema. La Unión Europea no puede por sí misma liderar una alianza climática de este tipo. Es necesario una estrecha cooperación con los Estados Unidos para que, de forma conjunta, puedan reunir la suficiente influencia económica que haga persuadir a otros países, particularmente a China e India, de hacer su parte o pagar por el costo de su inacción.

La crisis del coronavirus nos demuestra cuánto dependemos de los procesos globales y cuán inmensamente vulnerables somos. Lidiar con el cambio climático es un reto de acción colectiva que requiere además de una coordinación efectiva por parte de las instituciones de gobernanza global. El cambio climático no se está deteniendo, avanza lentamente y tiene el potencial de ser más mortal que cualquier pandemia. Nuestra generación ya está sufriendo sus devastadores efectos pero son las próximas las que enfrentarán las consecuencias en toda su dimensión.




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