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Defensa, se atrasan los relojes de Argentina.

Por Paola Di Chiaro


Una de las lecciones que nos dejará el mundo de la post pandemia es que la incertidumbre y la complejidad son tendencias que vinieron para quedarse. Ante ello, los Estados se enfrentan al gran desafío que supone dar respuestas eficientes frente a una agenda global impredecible y dinámica. Lo que pareciera claro es que las recetas del pasado no pueden aplicarse de cara al futuro.

Contrariamente a esta tendencia, si miramos las medidas que viene impulsando el Ministerio de Defensa en el último tiempo, suponen una vuelta al pasado. Por ejemplo, la reciente promulgación del Decreto 571/2020 representa un retroceso que nos lleva a poner en vigencia normas que fueron promulgadas hace diez años, bajo un contexto nacional, regional e internacional diferente. A esto se le suma el efecto confusional que generó en las fuerzas el cambio en las reglas de juego, en momentos en que se encuentran cumpliendo tareas contribuyentes a paliar los efectos de la pandemia.

La Directiva de Política de Defensa Nacional de 2018 y los Decretos Nro. 683 y 703 de 2018, derogados recientemente, sentaron las bases para modernizar conceptual y normativamente al instrumento militar de cara a los desafíos del siglo XXI.

Proponían una hoja de ruta moderna donde la política de defensa era interpretada en clave de cultura estratégica. Suponía entenderla desde su especificidad, cumpliendo su rol primario, pero como parte de una arquitectura mayor, promoviendo la articulación y la coordinación interagencial. Una mirada que apunta a fortalecer su esencia, formando parte de un estado inteligente en el uso eficiente de los recursos, pero también a proyectarse como un actor contribuyente al desarrollo del país.

Esto no sólo permitió una mayor sinergia interagencial, sino que también tuvo un efecto directo en el componente motivacional de nuestras fuerzas armadas, quiénes pudieron desplegar su enorme potencial y profesionalismo para contribuir a los intereses nacionales en tiempo de paz, reforzando al mismo tiempo sus capacidades para cumplir con su misión principal.

El impacto de los riesgos depende de nuestras vulnerabilidades. ¿No es propio de un estado inteligente pensar en emplear coordinadamente todos sus recursos para construir capacidades, reducir las vulnerabilidades y mitigar las consecuencias si estos riesgos se concretan? ¿Es razonable para la Argentina de hoy pensar al instrumento militar actuando sólo en la potencial etapa bélica frente a un agresor estatal externo? ¿No debe contribuir coordinadamente junto a organizaciones de otras jurisdicciones para la solución pacífica de los conflictos?

No atrasemos los relojes de la Argentina con debates del pasado. Los jóvenes que próximamente ingresarán a las Fuerzas Armadas nacieron en el año 2002, son hijos del Siglo XXI. ¿Con qué prisma los vamos a formar? ¿No debiéramos preocuparnos mas por promover su resiliencia para adaptarse el mundo que les tocará enfrentar? No caben dudas que su ADN es democrático, pero también su mundo es tecnológico, interconectado y virtual. Démosle una caja de herramientas moderna a los protagonistas del futuro.

Foto: Freepik

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