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Los verdaderos héroes de Chernobyl

El mejor homenaje es abrir una discusión sana y productiva sobre los pros y los contras de la energía nuclear, en un mundo que necesita encarar ya el dramático problema del calentamiento global.


Por Julián Gadano


Hoy, 26 de abril, se cumplen 35 años del accidente nuclear más grave de la historia, aquel que ocurrió en el reactor 4 de la central nuclear "Vladimir Illich Lenin", conocida como "Chernobyl". El nombre viene de la región de Ucrania donde estaba localizada la central. Ucrania en ese momento formaba parte de la extinta Unión Soviética.

El accidente fue el más grave de los dos calificados como de nivel 7 “grave” por la International Nuclear Events Scale (INES), el indicador aceptado universalmente en la industria. El otro fue el de Fukushima, Japón, en 2011. Pero de los dos, sólo el accidente en Ucrania fue “verdaderamente nuclear” es decir, no producido por factores externos. De lo que no hay dudas es que fue un game-changer para la industria nucleoeléctrica. El capítulo 1 de un ciclo que tuvo su segunda parte en Fukushima y que aún hoy no termina de cerrarse.

Caben, al respecto, dos reflexiones y un homenaje.


La primera reflexión: en mi opinión, más que una muestra de lo “peligrosa que es la energía nuclear”, Chernobyl fue un emergente de un régimen totalitario que había llegado al paroxismo frente a la inviabilidad económica del “socialismo realmente existente”. De eso nos habla Chernobyl y no de la falta de seguridad de una fuente energética que, salvo casos para los que sobran los dedos de la mano, demostró estándares de seguridad con casi cero accidentes en más de 500 reactores, en 70 años. Para decirlo en corto: un sistema que estaba atravesado por la falta de recursos en todo, obligó a operadores de la planta a continuar con un experimento muy riesgoso en condiciones muy riesgosas. Escenario imposible hoy, en cualquier lugar del mundo incluyendo, por supuesto, a Rusia. Imagine que un grupo de personas decide planear sin motores un Boeing 787 a 3000 metros de altura sobre una ciudad, para recolectar información sobre sus capacidades para llegar planeando al aeropuerto. Una cosa que sale mal, un error de cálculo, un imprevisto, y se desataría una catástrofe: un avión lleno de pasajeros cayendo sobre una ciudad. Eso pasó en Chernobyl.


Segunda reflexión: Sea la que sea la razón, Chernobyl fue un palazo. Un palazo a la confianza social (agravado por Fukushima 25 años después) y un palazo a la ecuación económica que sostenía a la industria. El paradigma sobre el que creció la industria nuclear puede ser resumido en la frase “cuanto más grande, mejor”: reactores más grandes permiten más potencia eléctrica desde una misma máquina. Más KW en un mismo footprint, más facturación. Sin embargo, esto requiere que la industria funcione con escala, con cadenas de suministro aceitadas, sin problemas sociales y sin desconfianza. Si una de las piezas se rompe, el “relojito” deja de funcionar, la escala de la industria se reduce, corporaciones pensadas para construir 50 reactores en una década construyen uno, y lo que antes era negocio deja de serlo. A eso agreguemos los costos adicionales que supone satisfacer los estándares que la industria se impuso luego de los accidentes. Bingo. Una industria que para ser competitiva tenía que crecer, se volvió cada vez más chica. Cuanto peor, mejor. Resultado: no hay capital privado que invierta 5000 millones de dólares en un reactor que no se sabe muy bien cuándo va a operar. La consecuencia es que el negocio de los reactores de gran porte prospera casi exclusivamente en los países que disponen de amplios mercados domésticos, significativas cantidades de capital público disponible, o ambas cosas.


¿Fin de la historia y de la industria? Por supuesto que no. Reactores más pequeños, más flexibles, menos riesgosos, más aceptables socialmente y, sobre todo, basados en ecuaciones de negocio rentables sobre la base de su producción en serie, van a ser parte de un mercado que demanda energías limpias, seguras, y de base. La energía nuclear es fuente de vida, no de muerte, y es obligación de la industria levantarse de su crisis y ofrecer soluciones viables para un mundo que cambió, y para agendas energéticas que cambiaron radicalmente en los últimos 35 años.

¿Cuánta gente murió en Chernobyl? Especulaciones hay de todo tipo, pero lo único que verdaderamente puede determinarse es que murieron 32 personas. Por supuesto, el impacto fue muy importante, y generó que la industria modificara radicalmente sus estándares de seguridad. Pero lamentablemente el accidente quedó atrapado en un debate político en el que se han “tirado muertos” como parte de los argumentos que atraviesan la discusión. Una lástima.


Por último, un homenaje: ¿quiénes murieron en Chernobyl? Empleados de la central, bomberos y miembros del Ejército Rojo. Ellos, junto a los cientos de miles de liquidadores de los efectos del accidente fueron los verdaderos héroes de Chernobyl. Los que pusieron el cuerpo en condiciones muy desfavorables y lejos de lo que hoy se considera la protección mínima necesaria para una tarea así.

Quizás el mejor homenaje consista precisamente en abrir una discusión sana, sincera, crítica y productiva sobre los pros y los contras de la energía nuclear, en un mundo que necesita encarar ya el dramático problema del calentamiento global.



Foto: Perfil


*Este artículo fue originalmente publicado en diario Perfil el 26 de abril de 2021

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