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SEGURIDAD NACIONAL ¿PUESTA EN VALOR O EN JAQUE?

POR PAOLA DI CHIARO


La pandemia nos enfrenta hoy a un momento donde tenemos más preguntas que respuestas. ¿Por qué no lo vimos venir? ¿Hasta qué punto es responsabilidad de la comunidad científica, la academia o los tomadores de decisiones? ¿No existe la suficiente sinergia entre estos tres mundos? ¿Por qué una vez mas la prevención, como concepto clave de la agenda de seguridad global, falló? ¿La carencia de procesos de toma de decisiones eficientes redobla los efectos de lo impredecible? ¿Seremos lo suficientemente resilientes para salir fortalecidos de esta crisis? ¿Podremos transformar las lecciones aprendidas en lecciones enseñadas? Son solo algunas de las preguntas sin respuestas que nos hacemos diariamente…

En lo único que parece haber consenso es que el mundo, después de la pandemia del COVID-19, continuará siendo incierto y desafiante.

Pareciéramos enfrentarnos a una crisis en dos niveles. Horizontal, porque producto de los efectos de la globalización y la interdependencia, los alcances de esta amenaza no reconocen fronteras. Y vertical, porque va desde las más íntimas estructuras familiares a la gobernanza global, generando potenciales efectos desestabilizadores en los distintos niveles.

Pero esto no es nuevo. Desde el fin de la Guerra Fría las amenazas a la seguridad vienen siendo cada vez más disruptivas, impredecibles, heterogéneas y multidimensionales. Las catástrofes naturales y el cambio climático ponen en evidencia que vivimos en un mundo donde las acciones de unos tienen efectos en los otros y esta pandemia no hace más que ratificar esa tendencia. Así como el 11/9, con una foto que recorrió el mundo, puso en evidencia la magnitud de los efectos del terrorismo, COVID-19 hoy nos muestra, con millones de imágenes de distintas partes del planeta, los efectos devastadores de una pandemia en términos de pérdidas de vidas humanas.

Debemos tomar las lecciones aprendidas del 11/9, porque tal vez nos sirvan como hoja de ruta para transitar esta crisis con los menores efectos colaterales posibles y también poder enfrentar los desafíos del día después. El 2001 nos mostró que la mayor fortaleza para enfrentar estas amenazas es desarrollar políticas publicas y un proceso de toma de decisiones inteligente y resiliente, con una mirada holística hacia adentro y una apuesta a la cooperación y la integración hacia afuera.

Para que este proceso virtuoso se pueda llevar adelante es necesario reforzar la cultura estratégica. Esta no nos permite adivinar el futuro, pero sí planificar escenarios y reaccionar ante lo inesperado. Una cultura que tenga como principio central la coordinación de los esfuerzos estatales en búsqueda de objetivos nacionales, de prosperidad y sostenibilidad, que trascienda gobiernos y que permita fortalecer el proceso de toma de decisiones. Esto requiere a su vez integrar a todos los actores que entienden en la materia en forma sistematizada y permanente. Actores gubernamentales y no gubernamentales interactúan asignando prioridades y previendo un trabajo interagencial coordinado, de manera que mejora el empleo de los recursos públicos. Empresarios, financistas, productores, trabajadores, pensadores, organizaciones religiosas, políticas y sociales, deben estar presentes en la mirada integral hacia el futuro. Eso es una parte esencial de la cultura estratégica, orientada en este caso a garantizar la seguridad nacional.

Recién desde ahí puede construirse un proceso de toma de decisiones fuerte y resiliente que nos permita reaccionar rápida y efectivamente frente a problemas complejos. Se trata de construir un sistema que perciba la mayor cantidad de los datos que proporciona la realidad circundante, los transforme en información, los fusione con la investigación y así, el decisor cuente con posibilidades de sortear los atajos de nuestro cerebro. Las decisiones no siempre serán rápidas y efectivas, pero si aprovechamos todas las potencialidades de las capacidades individuales, grupales y tecnológicas, tendremos más chance de que se aproximen a ese ideal.

Por eso mientras el mundo atraviesa semanas de aislamiento social, me pregunto ¿cuál será la principal lección aprendida de la pandemia y cómo haremos para enseñarla?




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